lunes, 26 de mayo de 2008

Adler Alfred

Nace el 7 de Febrero de 1870 en Viena (Austria), y muere el 28 de Mayo de 1937 en Aberdeen (Escocia). Se graduó en Medicina, en 1985, donde comenzó a trabajar de oftalmólogo en 1897. Más tarde hizo prácticas como internista. Su primer encuentro con Freud se produce en 1899. Adler defendió las ideas de Freud en la Escuela vienesa de Medicina, en los círculos médicos locales y en la prensa. Desde 1902 participó en una pequeña tertulia organizada en casa de Freud. Escribe (1904) "El doctor como educador”. Ya por esta época Adler, a petición de Freud, desiste de su primera decisión de romper con el circulo. En 1907 escribió su monografía sobre la inferioridad de un órgano y su compensación psíquica: "Estudio sobre la inferioridad de los órganos y su compensación psicológica”. En 1908 da una conferencia en Viena sobre "el instinto de agresión”. En 1910 es nombrado presidente de la rama vienesa de la asociación psicoanalítica. Edita, junto con Freud y Steckel en 1910 "Revista de psicoanálisis", siendo Adler su director. Entre enero y febrero de 1911 dicta cuatro conferencias que constituyen "una crítica sobre la teoría sexual de Freud en la vida mental". Al terminar la cuarta conferencia la mayoría de los freudianos presentes decidieron, pese a la opinión contraria de Steckel, seguir siendo miembro de la sociedad psicoanalítica, pero advirtiéndole de no rechazar la teoría sexual de Freud. En agosto de 1911 anuncia en la editorial de la Revista de psicoanálisis su renuncia a formar parte del consejo editorial, lo que marcó su retirada del movimiento psicoanalítico. En 1912 se publicó "El carácter neurótico”. En este trabajo Adler establece la "psicología individual" como teoría de la unidad del individuo que tiende a metas finales de carácter inconsciente.

En esta obra desarrolla el tema de la compensación infantil al sentimiento percibido de inferioridad mediante distintas estrategias hacia una meta final (de superioridad). En sus obras posteriores Adler desarrollo su modelo psicológico centrado en las influencias del medio social y familiar en el carácter del sujeto, en conjunción con sus construcciones subjetivas de sus experiencias; conjunción que desemboca en el "Estilo de Vida" inconsciente, rector del psiquismo humano. Después de la primera guerra mundial, organizó las clínicas de orientación de niños en Viena, siendo propiamente el primer psicólogo/psiquiatra infantil de nuestra era. Entre 1927-28, Adler dio una serie de conferencias en los Estados Unidos. El modelo de la psicología adleriana concibe la psicopatología como expresión extrema del egocentrismo del sujeto contra los intereses de la cooperación social. La psicoterapia y la pedagogía adleriana tiene como finalidad el desarrollo de la cooperación humana salvando los obstáculos que impone el estilo de vida hacia la compensación de la inferioridad percibida. La psicología individual parte de la idea de que el hombre es un individuo que se mueve hacia una meta determinada y defiende el estudio del enfoque teleológico (hacia fines) que investiga la meta de una persona de tipo inconsciente. Las metas son construidas subjetivamente ya en la época infantil, influida por el ambiente o constelación familiar, y por la aspiración del niño

a compensar su sentimiento de inferioridad. La relación entre la meta y los modos de alcanzarla configuran la personalidad del sujeto.

Otras de las obras de Adler son: "La práctica y la teoría de la psicología individual" de 1920, "Comprensión de la naturaleza humana" de 1928-1930, "La educación de los niños" de 1929, "Superioridad e interés social" (obra póstuma de 1965).

Fuente: Consejo General de Colegios Oficiales de Psicólogos

El sentido de la vida

PREÁMBULO
El hombre sabe mucho más de lo que comprende. ADLER

En mi calidad de consejero médico de enfermedades psíquicas y de psicólogo y educador en el seno de escuelas y familias he tenido en mi vida continuas ocasiones de observar un inmenso material humano. Ello me ha permitido mantenerme fiel a la tarea que me impuse de no afirmar en absoluto nada que no pudiera ilustrar y demostrar por experiencia propia. No es de extrañar, pues, que en ocasiones resulten rebatidas por mí opiniones preconcebidas de otros autores que no han tenido la oportunidad de observar, tan intensamente como yo, la vida humana. No obstante, nunca he dejado de examinar, ni por un instante, con serenidad y con calma, las objeciones de los demás, cosa que puedo hacer con tanta más facilidad cuanto que no me considero atado a ningún precepto riguroso ni a prejuicio alguno. Por el contrario, me atengo al principio de que todo puede ocurrir también de distinta manera. Lo singular del individuo no es posible englobarlo en una breve fórmula, y las reglas generales que establecí en la Psicología individual por mí creadas, no aspiran a ser sino simples medios auxiliares susceptibles de proyectar una luz provisional sobre un campo de exploración en el que el individuo concreto puede, o no, ser hallado. Esta valoración de las reglas psicológicas, así como mi acentuada tendencia a adaptarme y a penetrar por empatía (1) en todos los matices de la vida anímica, acentuó cada vez más mi convicción en la libre energía creadora del individuo durante su primera infancia y su correlativa energía posterior en la vida tan pronto como el niño se ha impuesto para toda su vida una invariable ley de movimiento.
Dentro de esta manera de ver, que abre camino libre a la tendencia del niño hacia la perfección, la madurez, la superioridad o la evolución, caben las diversas influencias propias tanto de las aptitudes innatas (comunes a toda la Humanidad o en cierto modo modificadas) como del ambiente y de la educación. Todas estas influencias forman el material de que se sirve el niño para construir, con lúdico arte, su estilo de vida.
Pero estoy asimismo persuadido de que el estilo vital engendrado en la infancia sólo podrá resistir a los embates de la vida a condición de que se halle adecuadamente estructurado sub specie aeternitatis. Y es que se enfrenta a cada paso con quehaceres y problemas totalmente nuevos, que no podrían ser resueltos ni mediante reflejos ensayados (los reflejos condicionados) ni mediante aptitudes psíquicas innatas. Resultaría excesivamente aventurado exponer a un niño a las pruebas del mundo sin más bagaje que el de esos reflejos y esas aptitudes, que nada podrían frente a los problemas constantemente renovados. La más importante tarea quedaría siempre reservada al incesante espíritu creador que, ciertamente, ha de actuar dentro del cauce que le impone el estilo de vida infantil. Por este mismo cauce discurre, también, todo lo que las distintas Escuelas psicológicas han designado con algún nombre: instintos, impulsos, sentimientos, pensamientos, acción, actitud frente al placer y al dolor y, por fin, el amor a sí mismo y el sentimiento de comunidad. El estilo vital recae sobre todas las formas de expresión, el todo sobre las partes. Si algún defecto existe, se manifestará no en la expresión parcial, sino en la ley del movimiento, en el objetivo final del estilo de vida.
Esta noción me ha permitido comprender que toda la aparente causalidad de la vida anímica obedece a la propensión de muchos psicólogos a presentar al vulgo sus dogmas bajo un disfraz mecanicista o fisicista: ora es una bomba de agua la que sirve de término de comparación, ora un imán con sus polos opuestos, ora un animal en grave aprieto que lucha por la satisfacción de sus necesidades más elementales. Con este enfoque poco puede en verdad captarse de las fundamentales diferencias que ofrece la vida anímica del hombre. Desde que incluso la propia Física les ha escamoteado ese concepto de causalidad substituyéndolo por el de una mera probabilidad estadística en el curso de los fenómenos, no hay que tomar en serio los ataques dirigidos contra la psicología individual por negar la causalidad en la esfera del acontecer anímico. Incluso el profano podrá darse cuenta de que las innumerables equivocaciones pueden ser comprensibles como tales, pero no explicables desde un punto de vista causal.
Ahora bien, al abandonar con plena justicia el terreno de la seguridad absoluta en el que tantos psicólogos se mueven, nos quedará una sola medida para aplicar al hombre: su comportamiento frente a los problemas ineludiblemente humanos.
Tres problemas se le plantean a todo ser humano: la actitud frente al prójimo, la profesión y el amor. Estos tres problemas, íntimamente entrelazados a través del primero, no son ni mucho menos casuales, sino que forman parte del destino inexorable del hombre. Son consecuencia de la correlación del individuo con la sociedad humana, con los factores cósmicos y con el sexo opuesto. De su solución depende el destino y el bienestar de la Humanidad. El hombre forma parte de un todo. Y su valor depende incluso de la solución individual de estas cuestiones, comparables con un problema matemático que necesita ser resuelto. Cuanto más grande es el error, tanto mayores son las complicaciones que acechan a aquel que sigue un estilo de vida equivocado, las cuales sólo faltan aparentemente, mientras la solidez del sentimiento de comunidad del individuo no se pone a prueba. El factor exógeno, la inminencia de una tarea que exige cooperación y solidaridad, es siempre lo que desencadena el síntoma de insuficiencia, la difícil educabilidad, la neurosis y la neuropsicosis, el suicidio, la delincuencia, las toxicomanías y las perversiones sexuales.
Una vez descubierta la incapacidad de convivencia, se nos plantea un nuevo problema, no ya de interés meramente académico, sino de capital importancia para la curación del individuo, a saber: ¿cuándo y cómo quedó interceptado el desarrollo del sentimiento de comunidad? En la búsqueda de antecedentes oportunos tropezaremos con la época de la más tierna infancia y con aquellas situaciones que, según nos dicta la experiencia, pueden perturbar el normal desarrollo. Pero estas situaciones siempre coincidirán con la reacción inadecuada del niño. Al examinar más de cerca estas circunstancias, descubriremos, ora que una intervención justa fue contestada erróneamente, ora que una intervención equivocada fue contestada de la misma manera equivocada, ora -y este caso es mucho menos frecuente- que una intervención equivocada fue contestada bien y normalmente. Descubriremos asimismo que, una vez emprendida, el niño ha mantenido la misma dirección {orientada hacia la superación), sin que contrarias experiencias le hayan desviado de su camino. Educar (en toda la extensión de la palabra) equivale no sólo a ejercer influencias favorables, sino también a examinar cómo se sirve de estas influencias la potencia creadora del niño, para facilitarle un camino de enmienda en el caso de un desenvolvimiento equivocado. Este camino exige en toda circunstancia el incremento del espíritu de colaboración y del interés por los demás.
Una vez haya encontrado el niño su ley de movimiento, en la cual será preciso observar el ritmo, el temperamento, la actividad y, ante todo, el grado de sentimiento de comunidad -fenómenos todos que, a menudo, ya pueden ser reconocidos en el segundo año y en todos los casos en el quinto -entonces todas sus restantes facultades quedarán ligadas, en su naturaleza peculiar, a dicha ley de movimiento. En el presente iibro nos proponemos dilucidar principalmente, la apercepción que el hombre tiene de sí mismo y del mundo que le rodea. En otras palabras: nos proponemos dilucidar la opinión que de sí mismo y del mundo se ha formado, por lo pronto, el niño, y la que -siguiendo la misma dirección- se forma el adulto. Mas esta opinión no nos la dará el examinado ni con sus palabras ni con sus pensamientos. Las palabras y los pensamientos están bajo el dominio de la ley de movimiento, que tiende siempre hacia la superación. Y ni aun en el caso de que el individuo se juzgue a sí mismo, deja de aspirar subrepticamente al encumbramiento. Mayor importancia tiene el hecho de que la forma total de vida -llamada por mí estilo de vida -sea elaborada por el niño en un momento en que todavía no posee un idioma adecuado ni unos conocimientos suficientes. Al seguir creciendo, fiel a este sentido, se desarrolla el niño según la dirección de un movimiento que escapa a la formulación verbal y que, por esta causa, es inatacable por la crítica y se substrae incluso a la crítica de la experiencia.
No se puede hablar aqui de un inconsciente formado mediante la represión, sino antes bien, de algo incomprendido, de algo que ha escapado a nuestra comprensión. Pero todo hombre habla un idioma perfectamente comprensible para el iniciado, con su propio estilo de vida y con su actitud frente a los problemas vitales, que no pueden resolverse sin sentimiento de comunidad.
Por lo que se refiere a la opinión que el individuo tiene de sí mismo y del mundo exterior, el mejor medio de inferirla será partir del sentido que descubre en la vida y del que da a la suya propia. Evidentemente, es aquí donde mejor puede traslucirse una posible disonancia con un sentimiento de comunidad ideal, con la convivencia, con la colaboración y con la solidaridad humanas.
Ahora podemos comprender ya la importancia de aprender algo acerca del sentido de la vida y acerca de lo que los individuos interpretan por tal. Si existe un conocimiento, siquiera parcialmente aceptable, del sentido que nuestra vida pueda tener, fuera de nuestras experiencias empíricas, claro es que quedará refutada la posición de aquellos que están en manifiesta contradicción con él.
Como se ve, el autor no aspira más que a un resultado parcial e inicial, confirmado de sobras por su propia experiencia. Se entrega a esta tarea con tanto mayor gusto cuanto que le seduce la esperanza de que un conocimiento relativamente claro del sentido de la vida no sólo servirá de programa científico para ulteriores investigaciones, sino que también contribuirá a que aumente considerablemente el número de aquellos que, al familiarizarse con dicho sentido, se lleguen a identificar con él.

(1) En alemán Einfühlung. Otros traductores suelen verter este término por introyección o proyección sentimental. (N. del T.)


CAPÍTULO I

NUESTRA OPINIÓN ACERCA DE NOSOTROS MISMOS Y DEL MUNDO
Acuerdo entre la opinión y la conducta. El error de la generalización prematura. El plan de vida que antecede a la aparición del lenguaje. Analogía entre conducta animal y neurótica. Desconocimiento del propio estilo de vida. Psicologías de la posesión y del uso. Valor limitado de las reglas. La opinión del niño mimado y la del niño poco amado. Graves consecuencias de la opinión errónea. Resistencia de la opinión neurótica a los shocks anímicos.
No cabe, a mi entender, la menor duda de que toda persona se conduce en la vida como si poseyera una opinión determinada sobre sus propias energías y facultades, como si, al emprender una acción cualquiera, tuviese una idea clara de las facilidades o dificultades que dicha acción podrá ofrecerle. En una palabra que su conducta nace de su opinión. Esto no debe sorprendernos, puesto que a través de nuestros sentidos no logramos captar los hechos del mundo circundante, sino una representación muy subjetiva, un lejano reflejo. Omnia ad opinionem suspensa sunt. Esta frase de Séneca debiera tenerse presente en toda investigación psicológica. Nuestra opinión sobre los hechos importantes y trascendentales de la existencia depende de nuestro estilo de vida. Sólo al chocar directamente con hechos susceptibles de contradecir la opinión que de ellos nos habíamos formado, nos mostramos dispuestos a corregir, siquiera sea parcialmente, nuestro parecer. Nos dejamos influir en estos casos por la ley de la causalidad, sin modificar notablemente la opinión general que nos hemos formado respecto de la vida. De hecho, la reacción experimentada por nosotros frente a una serpiente que nos saliese al paso sería en absoluto idéntica tanto si se tratase de una serpiente venenosa como si sólo la creyésemos tal.
El niño mimado, al dejarle su madre solo en casa, se comporta en su angustia del mismo modo tanto si se halla frente a ladrones verdaderos como si sólo teme encontrarse con ellos. En todo caso, perseverará en su opinión fundamental de que no puede prescindir de la presencia de la madre, aun cuando los hechos demuestren lo infundado de su miedo. Una persona que, padeciendo agorafobia, evita salir a la calle, porque tiene el sentimiento y la opinión de que el suelo tiembla bajo sus pies, no se conduciría de otra manera, teniendo buena salud, si el suelo temblara realmente a su paso. El atracador a quien repugna el trabajo útil porque, no preparado para la colaboración social, considera erróneamente más fácil el robo, demostraría la misma repugnancia por el trabajo si éste fuese realmente más fácil que el crimen. El suicida parece convencido de que la muerte es preferible a la vida que ya no le brinda, a su modo de ver, ninguna esperanza; de manera semejante actuaría si la vida estuviera verdaderamente desprovista de toda esperanza. El toxicómano halla en el tóxico un alivio que él estima en más que la honrosa solución de sus problemas vitales. No observaría otra conducta si ello fuese realmente así. Al homosexual no le atraen las mujeres, a las cuales teme, mientras que le seduce el hombre, cuya conquista se le antoja un triunfo. Todos parten de una opinión que, si fuera exacta, haría aparecer su conducta como la verdaderamente adecuada a las circunstancias.
Examinemos el caso siguiente. Un abogado de treinta y seis años perdió todo gusto por su profesión. No alcanzaba éxito alguno, y atribuía su fracaso al hecho de producir mal efecto a los pocos clientes que le visitaban. Siempre le había costado mucho abrir su alma a los demás y se mostraba habitualmente tímido, particularmente ante las muchachas. Su matrimonio, que llegó a contraer tras largas vacilaciones y casi a su pesar, terminó, transcurrido un año, con el divorcio. Ahora vive retraído por completo del mundo, junto a sus padres, que deben atenderle en casi todas sus necesidades.
Es hijo único y había sido mimado de un modo increíble por su madre, que constantemente se ocupaba de él. Esta señora consiguió persuadir a su padre, y al mismo hijo en su infancia, de que éste llegaría a ser algún día un hombre sobresaliente. El niño fue creciendo con esta esperanza, que pareció confirmada, al principio, por sus brillantes éxitos escolares. La masturbación se inició en él muy precozmente, como suele acontecer en los niños mimados incapaces de renunciar a ningún deseo. El vicio llegó a apoderarse tanto de él, que le convirtió muy pronto en blanco de las burlas de sus condiscípulas y amigas. Esto fue causa de que se apartara por completo de ellas, entregándose en su aislamiento a triunfales fantasías sobre el amor y sobre el matrimonio. La única persona por la cual sentía atracción era su madre, a quien llegó a dominar completamente, y a la que incluso hizo objeto, durante mucho ticmpo, de sus fantasias sexuales.
En este caso se confirma con bastante elocuencia que el pretendido complejo de Edipo no es un fenómeno básico, sino más bien un pésimo producto artificial del excesivo mimo de la madre y que se pone más de manifiesto cuando el niño o muchacho se siente, en su extraordinaria vanidad, burlado por las chicas y carece de suficiente sociabilidad para buscarse otras relaciones. Poco antes del término de sus estudios y ante la necesidad casi apremiante de tener que ganarse la vida, enfermó nuestro joven de melancolía, es decir, se batió una vez más en retirada. Había sido siempre un niño miedoso, como lo son todos los niños mimados; rehuía el trato con personas extrañas y, más tarde, incluso con sus propios compañeros de uno y otro sexo. Ahora rehuía también su profesión, actitud que, en forma un tanto moderada, ha persistido hasta la actualidad.
Me limitaré a estos datos principales, pasando por alto los numerosos acordes de acompañamiento: los motivos, los pretextos y las excusas, y todos los demás sintomas morbosos con que trataba de asegurar su retirada. Una cosa es patente: que tal individuo nunca había cambiado su estilo de vida. En todo quería ser el primero y siempre se batía en retirada, en cuanto se le antojaba dudoso el éxito. Para sintetizarla en una sola frase, podríamos formular como sigue su opinión sobre la vida (tal como la adivinamos nosotros, pues él no hubiera llegado nunca a tener conciencia de ella): Puesto que el mundo se opone a mi triunfo, me retiro. Es innegable que como persona que ve su propia perfección en el triunfo sobre los demás, ha obrado correcta e inteligentemente. En la ley de vida que se había impuesto a sí mismo, no encontramos lo que se llama razón o sentido común, y sí, en cambio, lo que nosotros denominamos inteligencia privada. Una persona a la que la vida hubiera realmente negado todo valor, difícilmente podría actuar de otra manera.
Muy parecido, aunque con otra forma de expresión y una tendencia menos pronunciada hacia el aislamiento, es el caso siguiente: Un individuo de unos veintiséis años había crecido junto a dos hermanos por quienes la madre parecía mostrar más preferencia. Nuestro hombre seguía con celosa atención los notables éxitos de su hermano mayor, no tardando en adoptar una actitud crítica frente a la madre y en buscar un apoyo en el padre. (Tal orientación representa siempre una segunda fase en la vida de un niño). Su aversión a la madre se hizo pronto extensiva a todo el sexo femenino, y ello debido a las insoportables costumbres de la abuela y de la nana. Su ambición de dominar sobre otros hombres y de no ser dominado por ninguna mujer, creció de un modo extraordinario. Trató, por todos los medios, de atajar la superioridad de su hermano. Como éste le excedía en fuerza física, en la gimnasia y en la caza, llegó a detestar los ejercicios corporales, que excluyó por completo de la esfera de sus actividades, exactamente de la misma manera como había empezado por excluir a las mujeres. No le atraían sino aquellas actividades que le proporcionaban una sensación de triunfo. Durante cierto tiempo amó y admiró a una muchacha, pero sólo a distancia, lo que sin duda no fue del agrado de ésta, que acabó por otorgar sus favores a otro pretendiente. El hecho de que su hermano mayor viviera dichoso en su matrimonio, le llenó de temor de no llegar a ser nunca tan feliz y de desempeñar un papel inferior a los ojos del mundo, análogamente a lo que le había ocurrido con su madre durante la infancia. Un solo ejemplo bastará para demostrar cuánto ansiaba disputar a su hermano el primer puesto. Cierto día su hermano trajo a casa, al regreso de una cacería, una valiosa piel de zorro de la que mostróse muy ufano; pues bien, nuestro amigo cortó a escondidas la blanca punta de la cola para malograr así el triunfo del otro. Sus impulsos sexuales se encaminaron forzosamente en el único sentido que aún le era viable después de excluir de su vida a las mujeres; su actividad relativamente intensa dentro de un reducido marco de posibilidades le llevó inevitablemente al homosexualismo. No era difícil descifrar su opinión del sentido de la vida: Para mí, vivir quiere decir que, en todo cuanto emprenda, he de ser el primero. Para lograr esta pretendida superioridad iba excluyendo de su vida todas aquellas actividades cuya realización triunfal no le parecía de antemano segura. El descubrimiento de que, en sus relaciones homosexuales, también el otro se atribuía la victoria fundándola en su mágico poder de atracción, fue el primer amargo descubrimiento que efectuó en el curso de nuestras conversaciones.
También en este caso se puede afirmar que la inteligencia privada ha funcionado de modo impecable y que la mayoría de los seres humanos seguiría parecidos rumbos si, en general, las mujeres rechazaran realmente a los hombres. La gran inclinación a generalizar constituye, de hecho, un error básico, extraordinariamente frecuente en la estructuración del estilo de vida.
El plan de vida y la opinión se complementan mutuamente. Uno y otro arraigan en un período de la vida en que, si bien el niño es aún incapaz de formular en palabras y conceptos claros las conclusiones que extrae de sus vivencias, no lo es para empezar a desarrollar formas más generales de conducta partiendo de conclusiones informuladas, de vivencias a menudo triviales o de inexpresadas experiencias intensamente emocionales. Estas conclusiones generales y sus correspondientes tendencias, aunque formadas en un período en que el niño carece de palabras y conceptos, no dejan de ejercer una activa influencia sobre los ulteriores periodos de la vida, cuando el sentido común interviene ya más o menos correctivamente a fin de evitar que el adulto se apoye demasiado en reglas, frases y principios. Como más adelante veremos, la emancipación de estos exagerados intentos de apoyo y de afianzamiento -expresiones de una intensa sensación de inseguridad e insuficiencia- se debe al sentido común, secundado por el sentimiento de comunidad (Gemeinschaftsgefühl). La observación siguiente (que puede hacerse con frecuencia) nos demostrará que incluso en los animales podemos encontrar el mismo desenvolvimiento defectuoso. Un perro joven fue enseñado a seguir a su amo por la calle. Estaba ya bastante adiestrado en este cometido cuando un día se abalanzó contra un automóvil en marcha y fue arrojado a un lado sin sufrir daño alguno. Esto constituyó seguramente una experiencia excepcional, frente a la cual el perro no disponía de ninguna respuesta instintiva. Resulta difícil hablar de un reflejo condicionado para explicar el hecho de que el perro en cuestión continuase haciendo progresos en su adiestramiento, pero evitando a toda costa el lugar en que el accidente se había producido. No tenía miedo a la calle, ni a los vehículos, sino al lugar del accidente, y así llegó a una conclusión general parecida a la que en algunos casos establecen ciertos seres humanos: El responsable del accidente es el lugar y no el propio descuido o inexperiencia. Y, en tal lugar, siempre amenaza algún peligro.
Tanto el perro como las personas que proceden de manera análoga perseveran en su opinión, porque, con esto, consiguen por lo menos una cosa: no volver a sufrir daño ni perjuicio en aquel lugar. Muy a menudo en la neurosis hallamos figuraciones semejantes, mediante las cuales intenta el hombre protegerse contra una posible derrota o contra una disminución de su sentimiento de personalidad, aceptando y explotando un síntoma -físico o psíquico- originado por su excitación emocional ante un problema que, equivocadamente, ha juzgado insoluble. Con esto se justifica para poder batirse en retirada.
Es evidente que lo que en nosotros influye no son los hechos concretos, sino tan sólo nuestra opinión sobre ellos. Nuestra mayor o menor seguridad de que nuestras opiniones corresponden a los hechos reales, radica por completo y más aún en los niños inexpertos o en los adultos asociales- en la propia experiencia, siempre insuficiente, así como en la falta de contradicción entre nuestras opiniones y en el resultado de las acciones que de ellas se derivan. Es fácil comprender que estas opiniones son frecuentemente insuficientes, sea porque el sector de nuestra actividad resulta limitado, sea porque los pequeños errores y contradicciones suelen ser eliminados sin esfuerzo y hasta con el auxilio de nuevas faltas que remedian mejor o peor las anteriores, todo lo cual contribuye a mantener, de un modo permanente, el emprendido plan de vida. Únicamente los fracasos mayores obligan a reflexionar con mayor agudeza. Pero esto sólo da resultados positivos en aquellas personas que, sin objetivos fijos de superioridad, aspiran a resolver los problemas de la vida en fraternal comunidad con los demás hombres.
Así llegamos a la conclusión de que cada individuo tiene su opinión acerca de sí mismo y acerca de las tareas de la vida; de que obedece a un plan de vida y a una determinada ley de movimiento, sin que él mismo se dé cuenta de ello. Esta ley de movimiento se origina en el ámbito limitadísimo de la niñez y se desenvuelve dentro de un margen de elección relativamente amplio mediante la libre disposición -no limitada por ninguna acción matemáticamente formulable- de las energías congénitas y de las impresiones del mundo circundante. La orientación y explotación de los instintos, impulsos e impresiones del mundo circundante y de la educación es la obra de arte del niño, que no ha de ser interpretada desde el punto de vista de una psicología de posesión (Besitzpsychologie), sino de una psicología de uso o de utilización (Gebrauchspsychologie). El hallazgo de tipos, analogías y coincidencias es, por lo general, o un producto de la pobreza del idioma humano -incapaz de expresar fácilmente las diferencias de matiz que siempre existen-, o el resultado de una probabilidad estadística. Su aparición no debe en ningún caso servir de pretexto para establecer reglas que nunca pueden proporcionarnos la comprensión del caso concreto, sino a lo sumo proyectar cierta luz en el campo dentro del cual es preciso encontrar el caso concreto en su individualidad. La comprobación de un sentimiento de inferioridad muy acusado, por ejemplo, no nos dice aún nada acerca de la índole y de las características de un caso concreto, ni mucho menos nos indica la más minima deficiencia en la educación recibida o en las relaciones sociales. En la conducta del individuo frente al mundo que le rodea, se presentan siempre en forma distinta, como fruto de la conjunción entre la fuerza creadora del niño y la opinión que de ella depende, siempre distinta en el plano individual.
Unos cuantos ejemplos esquemáticos servirán para aclarar lo que llevamos dicho. Un niño que sufra desde su nacimiento molestias gastrointestinales -a causa, por ejemplo, de una minusvalía congética del aparato digestivo- y que, sin embargo, no recibe la alimentación adecuada -lo que quizá no pueda lograrse nunca con una perfección ideal-, fácilmente sentirá un especial interés por la alimentación y por todo cuanto esté relacionado con ella (véase Alfred Adler, Studie über Minderwertigkeit der Organe und ihre seelische Kompensation, Estudio sobre las minusvalías orgánicas y su compensación psíquica). Su opinión acerca de sí mismo y acerca de la vida está, por consiguiente, más íntimamente ligada con el interés por la alimentación, combinado, más tarde, con el interés por el dinero, una vez reconocida la relación entre ambas cosas, lo cual, como es lógico, debe ser estrictamente comprobado en cada caso particular.
Un niño a quien la madre haya evitado todo esfuerzo desde los comienzos de su vida, esto es, un niño mimado, muy raras veces se mostrará dispuesto a poner sus cosas en orden por sí solo. Y esto, con otros síntomas paralelos, nos autoriza a decir que el niño en cuestión vive en la opinión de que todo deben hacerlo los demás. En este caso, como en los demás que seguiremos enumerando, no puede ser emitido un juicio certero sino tras muy amplias comprobaciones. En el niño a quien se facilite desde su tierna infancia, ocasión para imponer su voluntad a sus padres, no será difícil adivinar el propósito de querer dominar siempre en la vida a todos los demás. Mas esta opinión, a tropezar, como suele ocurrir, con experiencias opuestas en el mundo exterior, dará lugar a que el niño acuse una actitud vacilante frente al medio ambiente (véase Alfred Adler, Praxis und Theorie der Individualpsychologie, Teoría y práctica de la Psicología Individual, Bergmann, Munich, 4a. edic.) y a que circunscriba todos sus deseos -a veces incluso sexuales -al recinto de su propia familia, sin llevar a cabo la oportuna corrección en el sentido del sentimiento de comunidad. Un niño que, desde sus primeros años, sea educado en un amplio espíritu de colaboración y en la medida de su capacidad, intentará la solución de todos los problemas de la vida de acuerdo con su opinión acerca de la verdadera vida social -siempre que no se halle en presencia de tareas sobrehumanas (1).
Así podrá ocurrir que una niña cuyo padre sea injusto y descuide a su familia, forme la opinión de que todos los hombres son iguales, sobre todo si se añaden a las vivencias habidas con el padre otras análogas, experimentadas en el trato con un hermano, con parientes, vecinos o, sencillamente, en la lectura de novelas. Otras experiencias de orden contrario apenas tienen ya importancia, si la primera opinión tiene cierto arraigo. Si a un hermano se le destina a estudios superiores o a una carrera importante, este solo hecho podrá conducir a la opinión de que las niñas son incapaces de recibir una cultura superior, o de que son excluidas de participar en ella. Si uno de los niños de una familia se siente postergado o desatendido, esto puede conducirle a una intimidación cada vez mayor, como si quisiera decir con su actitud: Está visto que siempre tendré que ser el último. Pero puede ocurrir, asimismo, que caiga en una enfermiza ambición que le empuje irresistiblemente a superar a los demás y a no permitir que nadie sobresalga. Una madre que mime con exceso a su hijo puede dar lugar a que él se forme la opinión de que para convertirse en personaje principal le bastará sólo con quererlo, sin necesidad de obrar en consecuencia. Si, en cambio, la actitud de la madre frente al niño es de constante censura y de inmotivadas reprimendas, quizá acompañadas de la preferencia por otro hijo, el niño en cuestión mirará más tarde con desconfianza a todas las mujeres, lo cual puede tener innumerables repercusiones. Si un niño es víctima de numerosos accidentes o enfermedades, puede ocurrir que desarrolle, sobre la base de tales vivencias, la opinión de que el mundo está poblado de peligros y que se conduzca de acuerdo con ella. Lo mismo puede suceder, aunque con matices diferentes, si la tradición familiar impone al niño una actitud de desconfianza y de miedo frente al mundo.
Es evidente que estas mil diversas opiniones pueden estar en flagrante contradicción con la realidad y con sus exigencias sociales. La opinión equivocada de una persona acerca de sí misma y de las exigencias de la vida, tropezará más tarde o más temprano con la insoslayable realidad, que exige soluciones que estén en armonía con el sentimiento de comunidad. Los efectos de un choque tal pueden ser comparables a los de un shock nervioso. Mas no por ello quedará desvanecida o corregida la opinión del equivocado reconociendo que su estilo de vida no resiste suficientemente a las exigencias del factor exógeno. La tendencia hacia la superioridad personal sigue imperturbablemente su camino y no le queda al individuo más recurso que limitarse a un área más pequeña, excluir de su existencia el peligro que amenaza con hacer fracasar su estilo de vida y abandonar esa tarea para cuya solución no halla en su ley de movimiento la necesaria preparación. Pero, en cambio, el efecto del shock se manifiesta lo mismo en lo psíquico que en lo corporal. Desvaloriza los últimos restos del sentimiento de comunidad y engendra en la vida todo ese imaginable género de fracasos que derivan de las continuas retiradas a que el shock obliga al individuo -como ocurre siempre en las neurosis-. Si todavía queda en él un asomo de actividad, que en ningún modo significa arrojo, hará que se deslice por senderos antisociales. Con todo, es evidente que la opinión constituye la base de la idea que el hombre se forma del mundo y determina su pensar, su querer, su obra y su sentir.

(1) El hecho de que incluso personas a quienes vimos estudiar durante largos años nuestra Psicologla individual opinen que estas comunidades deben ser concebidas como actuales, en lugar de hacerlo subspecie aeternitatis, demuestra que el nivel de nuestro sistema psicológico es para ellas demasiado elevado.

Si deseas la obra completa, escribe a cokyra@gmail.com y sera enviada por correo.

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